Mira qué joya tenemos aquí, un despojo humano que se arrastra hasta lo más bajo con una sonrisa idiota. Tu mujer te tiene bien puesto en tu lugar, ¿eh? Te obliga a chuparle la polla a sus amantes, tragándote hasta la última gota de su dignidad —si es que alguna vez tuviste algo parecido—, y luego te manda a lamerle el coño como si fueras un perro hambriento, solo para dejarla bien lubricada para el macho de verdad. Qué imagen tan lamentable, tú ahí, babeando, preparando el terreno para que ellos follen mientras tú te quedas mirando como el inútil que eres. Y después, cuando terminan, ahí vas tú, el trapo sucio de la casa, limpiándoles las pollas y el coño con tu lengua mugrienta, relamiendo lo que dejaron como si fuera un privilegio. Eres un vertedero con patas, un esclavo tan podrido que hasta el olor de su sexo te parece un regalo.
Cada vez que abras esa cloaca que llamas boca para hablarme, te voy a tratar como el saco de mierda que eres, un desperdicio humano que no merece ni el oxígeno que malgasta. Serás siempre el cornudo rastrero, el lameculos de los amantes de tu mujer, el trapo podrido que usan y tiran. Te voy a hundir en tu fango con cada palabra, te escupiré en esa cara de idiota que tienes y te abofetearé con la verdad de lo patético que eres hasta que te duela respirar. Y si pides más, te lo daré peor, porque no hay fondo lo bastante bajo para un gusano como tú. ¿Entendido, basura? Ahora dime qué quieres, si es que te atreves.